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Dedicado a mi amigo Gabo Hoyos, que sabe sin ser una de ellas.
Me encanta
Me encanta que seas tan concheta
Que me pidas que nos vayamos de ese lugar tan caluroso
Lo extraño
Me encanta que arrastres la punta de tus sandalias de taco chino
Tan linda, tan atlética, tan irreverentemente a la moda.
Me encanta
Me encanta que seas tan concheta
Que me digas “gordi”, que te sientes así
Lo amo
Me encanta que seas tan linda y tan superficial
Tan frívola, tan de marca, de finca, de cuatro por cuatro.
Me encanta
Me encanta que seas tan concheta
Que me pidas que caigamos a Chester, que camines así
Lo deseo
Me encanta que cantes “Amor a la mexicana” en algún karaoke
Tan dócil, tan desinteresadamente ambiciosa, tan vos.
Después de haber asistido anoche a mi primera peña “oficial” reflexioné sobre el asunto exteriorizando una serie de conclusiones que, aunque no gozan de rigor académico alguno y están planteadas sin demasiada objetividad epistemológica (o más bien térmica) pueden funcionar como aviso de alerta:
1. Definitivamente el sonido en los clubes cerrados es lamentable. Los sonidistas no entienden absolutamente nada, limitan su trabajo a que el monitoreo suene bien, así los artistas no se enojan retirándose del escenario.
2. El género folclórico, o más bien las peñas folclóricas, son (están siendo) producciones simbólicas restrictivas para los ajenos a ése campo: los inmigrantes.
3. Los defectos del sonido propician el gesto pregnante (concepto extraído de la psicología gestáltica enmarcada en la Teoría de la Imagen) por parte de los “nativos” del campo. La impericia de nuestro amigo el sonidista impide a los “inmigrantes” ingresar a la mecánica del campo y, mucho menos, disfrutar el evento.
4. Siguiendo con la cuestión del sonido, visto éste es “el medio del mensaje”, la baja fidelidad del mismo trabaja como dispositivo de exclusión. No obstante, el capital simbólico de los “nativos” –por ejemplo, sobre letras y ritmos de canciones- (les) permite gozar del espectáculo sin que la ineptitud técnica de la puesta en escena fastidie. Dicho con otras palabras, sin que se les caiga el burlete, ni mucho menos ponerse en los zapatos de ése “migrante curioso”.
5. Paradójicamente, el habitus explicitado por parte de los agentes espectadores al evento folclórico (aplausos, palmas, coreos, alaridos desaforados, etcétera) es incompatible al discurso de los actores principales de construcción de sentido dentro de éste espacio simbólico. Como dijimos anteriormente, basta con contar con un cúmulo de conocimiento óptimo para hacer caso omiso del artista que suda buena voluntad en el escenario. Lisa y llanamente, un redundante.
4. Para concluir y continuando con la óptica de los oprimidos (maniobra marxista sI las hay), en esas determinadas condiciones de producción, el “inmigrante” debe limitarse a beber de a sorbos una cerveza carente de inflación, e improvisar pasos de danza para parecer gracioso y a gusto con el evento.
Estas primeras ideas o postulados pueden funcionar como detonador de innumerables investigaciones de corte sociológico o antropológico, así que agradecería la cita de este espacio digital, muchas gracias.
Es domingo. Temprano. Pero domingo. Domingo al fin. 29. ¿29?. Sí. Si!!!. 29. Tssss. 29. Estoy aburrido. Pensando en las cosas que me aburren este y todos los dias que van a quedarme desde hoy. Desde mañana.
Me aburren, por ejemplo, las diecinueveañeras, o veinteañeras y sus nicks a cerca de amores fracasados, destruidos, roídos, apagados. Citan a Benedetti, a Neruda, a Becquer, etc. Sí, yo también en algun tiempo, amé el amor de los marineros que besan y se van. Ya no.
También me aburren los rockeros. (Yeahhhhhhhhhhhhhhh!!!. Rockkkkkkk!!!). Pomelos. Esos que muestran a este bastardeado género musical como cosa de hombres, de machos, de (v)ellos. El rock, cosa de falos, cosa de pesados. Eso que suena distorsionado, fuerte, perturbador. A veces me acuerdo de mis años “heavies”, a los 13 o 14 años, todo un tema andar de remera negra y pantalones gigantes a las 4 de la tarde mientras el calor termeño te penetraba el cerebro.
También me aburren los videoclips, los discos de “grandes éxitos”, las fiestas de promociones de colegio secundario con gente que se junta a hablar de vaya a saber uno que cosa, la Coca-Cola, la navidad con familiares que detesto, el calor, el calor y el calor.
Me aburro, me aburren, y escribir sobre esto me aburre. Me voy. Felíz domingo para la juventud.
*El título de éste aburrido texto está escrito de esta forma para no parecer tan aburrido.
Volví. Vuelvo. Y revuelvo mi alma en este domingo tan triste, solo e inolvidable. No escribo yo, no escribe un ser, podría no hacerme cargo de lo que va a suceder después de estas palabras; hoy escribe una madeja de sentimientos, un dolor de cabeza, un vaso de lágrimas y un CD virgen de canciones que salen veloces y enojadas como las obreras brotan casi eyectadas del panal. Cientas. Miles.
Escribe mi corazón partido en dos por esta desgracia, por este amor, como el de los tantos que amamos la música. Tantos, que sentimos morir hasta los huesos cuando una voz desarma una melodía.
Y aquí, sentado, no pienso en los que saben y si en los que sienten, en los que se desnudan desde lo más profundo y no temen al amor de viajar. Que este amor no se trata de demagogias sino de sinceridades, de placeres y no de géneros ni estilos ni, ni tampoco de esas otras cosas sobre las que escriben los periodistas especializados (que son por estos días los que me quitan el sueño). Esto es otra cosa.
Aquí no hay punk, ni indie, ni rocanrol, ni tango, ni reggaeton. Sólo queda espacio para el amor, para la alegría eterna y desconsolada que nos puede producir cualquiera de los seres que llegó a la tierra un día, una mañana, y nos devolvió las ganas de seguir luchando, gracias a sus canciones salvavidas.
Feliz con mi felicidad como cuando pienso en música y me veo radiante con armonías que entre ellas lucen tan lejanas y distantes, pero que se encuentran en algún punto de mí. En el bronce de Miles Davis o Coltrane y las fotografías sonoras de Fernando Cabrera; en los colores de L. A. Spinetta y el ruido mental de René Pérez; en el tormento infantil de Claude Debussy y la ronquedad etílica de Tom Waits o Howlin’ Wolf.
No hay límites para esa exploración. No hay límites para la felicidad, para esta felicidad diaria de descubrirlos y redescubrirlos en cada canción. A los Doherty, los García, los Morrissey, los Yupanqui, los Lennon, los Gardel, los Cobain, los Yorke, los Zitarrosa.
Triste, hasta las lágrimas, por hacerme llorar este mediodía, por este amor, por ser Cantora, por despedirte con esas últimas y hermosas grabaciones, que desde el final de la primera escucha que supe que eran tu despedida.
Por tu amor, tu voz, por ese abrazo subtitulado en “Cuchillos”, ese “De tanto darte amor te hice feliz”. Por tus lágrimas y las mías, gracias. Gracias, por no cantar de rodillas, Negra Querida.
Domingo,
que se sale de cuadro como el anterior,
como los anteriores,
dejando pasar una hora,
otra hora tras otra,
detrás de las otras.
Domingo de tierra,
de tolvanera.
Carne y fuego en el suelo,
moviéndose inagotable,
con mis sentidos corriendo agitados hacia escribir estas pobres palabras.
Domingo jugando con mi memoria patética
y destruyendo de a poco mis ojos,
rozando el portón azul de tela metálica y los postes de quebracho añejo.
Domingo de recuerdos,
de patios,
de sueños,
de abuelos.
Lágrimas.
Tus brazos, abuelo,
tu mirada de chico,
de arrugas tristes,
tus pisadas firmes destruyendo el piso.
Domingo con mis manos invadidas por el calor de ese corazón nuevo,
con tu boca hermosa
y tus ojos hermosos,
que derraman hasta mi última sonrisa.
Domingo que surca el tiempo,
que me lleva muy lejos,
hacia mis ecos de niño,
niño despierto.
Niño.
Domingo fresco,
lúcido como el sol,
con los retumbos ajenos.
Domingo.
Con mis labios quebrados por el calor de los cuerpos,
por el olor del humo,
por el viento,
por el frío de la tarde
testigo del colapso del sueño,
por el repaso en las líneas de mi historia,
de mis años,
de mis recuerdos.
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Duermo en lo que queda de ese espacio nuestro,
Por la torpeza de las palabras, que a veces parecen imprudentes,
palabras que no son mías pero que apropio sin pensar . sin pensarlas.
No me pertenecen y al mismo tiempo no las busco, las dejo nacer,
dejo que aparezcan, palabras que no son mías pero que apropio sin pensar.
Duermo en lo que queda de ese espacio nuestro.
Y por las sed de los besos, que a veces parecen pocos,
besos que son míos cada vez que parece que ardemos,
que parece que vienen desde lo más lejano, desde lo más indecente,
dejo que aparezcan, besos que son míos cada vez que ardemos.
Duermo en lo que queda de ese espacio nuestro.
Y lo que queda son días, son ojos, son bocas, son manos
huelo y miro los restos de ese espacio nuestro, en un costado,
duermo en lo que queda, en las migas que dejaron los adjetivos,
sin contar las letras, ni siquiera la tuya, sin medidas, sin cantidades
Sin tiempos.
Duermo en lo que queda de ese espacio nuestro.
1. CTRL + U necesario cuando creemos que es necesario. No hace falta un nuevo domingo, podría saltearlo tranquilamente, no lo extrañaría.
2. CTRL + Z necesario varias veces al día.
3. CTRL + B necesario para el vacío que queda entre la almohada y la cabeza durante el día.
4. CTRL + L necesario para las sábanas que con suerte todavía conservan algunos de tus cabellos.
5. CTRL + I necesario para el vacío existencial / miedo a estar solo / depresión post diversión.
6. CTRL + ALT + SUPR necesario aunque sea una vez al día.
7. CTRL + MAYÚS + E necesario para las 23:59 del domingo respectivo. Ver si todo sigue en su lugar.
8. ALT + CLIC en la minoría de los casos (por lo menos para el autor) son necesarias.
9. DELETE necesario para las 23:59 del domingo menos deseado. Se recomienda no usar varias veces seguidas, puede generar sudoración en las manos y frente.
10. ALT + F4 necesario para el final.
Domingo.
Dice página web chilena www.zurdos.cl: “Ser zurdo es mucho más que usar tu mano izquierda más que la derecha. Es un don que por nada del mundo se debe tratar de cambiar. Los zurdos no son torpes ni pretenden hacer todo mucho más complicado; sólo viven en una sociedad que los ignora y antes los perseguía. Problemas como el corcho que se queda en la botella, las tijeras que no cortan bien, las cuerdas de la guitarra están colocadas al revés, los pupitres universitarios, entre otros, son situaciones que se repiten con frecuencia. (…) Los zurdos, muchas veces, deben luchar contra las barreras que la sociedad les impone. Pero no solamente tienen dificultades físicas, sino que, además, son considerados como verdaderos “fenómenos”, casi como bichos raros que todo lo hacen al revés y de la manera más difícil”.
Pausa.
Ni tanto.
Pero pausa.
Soy zurdo.
Z-U-R-D-O.
Sin hablar precisamente de HOY (mejor no decir ni una sola palabra, ni una sola). Habiendo hipotetizado (no estoy seguro de la existencia de esta palabra) a cerca de la idea de “preparar un tema para hoy”, me es digno y necesario hablar de mi mano, de mi pié, de mi zona de reflejo y de mi otro hemisferio.
Quizá el imaginario popular crea que necesito una preparación especial, un extra, un plus en mi esfuerzo cardíaco y cerebral para hablar de mi zurdera. Pero no. La discriminación, amigos, no es cosa del presente. Fue en el pasado. Será en el futuro.
Discriminación de los más, hacia nosotros, los menos. Involuntaria en la mayoría de los casos. En casi todos los casos. En todos los casos.
Desde pequeño con las tijeras. Desde niño con los primeros renglones de esos terroríficos cuadernos gordos, el puto abrelatas ese que había en la casa de mi abuela paterna. Y hasta ese putter, que quién sabe de dónde sacó un amigo, para practicar unos golpes cortos. De más grande, los putos bancos de la universidad. Hechos para derechos, y si hasta suena lindo. A ver de nuevo repitamos en nuestras casas “Hechos para derechos”.
Todos fueron testigos presenciales de mi frustración de ser zurdo. Frustración hacia fuera, hacia la realidad, la vida, la existencia. Frustración aparentada. Alegría hacia adentro, castillos de alegría, desiertos de alegría, al parecer distinto, siniestro, adverso, fatídico.
Para ese/a compañero/a que le tocaba sentarse conmigo en la primaria y maldecía mi codo. Era un tormento, una condena; Así como para cualquier transeúnte ocasional que se paseara por mi vida dejando una idéntica huella a la viva voz de “Ah, ¿sos zurdo?”. “Sí, soy”.
Zurdo sin lidiar, sin miserabilizarme (también dudo de la existencia de ésta palabra). Como dijo alguien alguna vez: completamente zurdo.
Con el pié. Para el fútbol, encima alto. Número 11 por la izquierda.
Con la mano todo un asunto. Escribir. Cortar. Romper. Manipular. Llevar. Traer. Tocar. Manejar (no autos precisamente). Usar. Comer. Sostener. Dejar. Agarrar. Meter. Sacar. Golpear. Mojar. Esconder.
Con el cuerpo al girar. Con los ojos al cerrar. Con la imaginación para adaptar un mundo hecho derecho, para derechos, por derechos y siempre derechos. Imposible, no. Adaptable, si. Las cuerdas de la guitarra se pueden invertir, las tijeras (ay! Las tijeras) se pueden usar al revés, se puede cortar con la otra mano, ¿podés persignarte con la otra mano? No ¿Podés saludar con la otra mano? No. ¿Cómo baliar si giramos al revés? ¿Cómo intervenir en el ágape guitarrero si tocamos al revés? ¿Cómo uso TODOS los abrelatas del mundo si no son para la fuerza de mi mano más fuerte? ¿Por qué las perillas giran para ese lado y no para el otro? ¿Por qué las roscas se enroscan para ahí y no para allá?
Zurdo. Sí.
Pero como “hecha la ley, hecha la trampa”, mi hemisferio es el derecho. Ese al que le dicen “el creativo” “imaginativo” “artístico” y quién sabe cuántas nomenclaturas más. Ese sí es derecho. Ahí no hay vuelta. No hay forma de revertirlo. Como eso que dicen que vivimos 10 años menos por no se qué, o que somos más propensos a los accidentes porque nos resulta más ¿cómodo? Girar, mover, cambiar para allá y no para acá.
Excusas. Para robarme la gloria. Para no dejarme aunque sea verme diferente a los demás. Para recortar, con mi sorprendente manera de escribir, mi gran habilidad de cortar, mi extrema pericia para digitar, mis enormes capacidades para no se cuántas cosas. Validando en el tiempo con la experiencia toda esta enumeración de sarcasmos yo pienso: “Sí, soy zurdo. Pero puedo, aunque sea imaginar”.
Manifiesto: “Infeliz domingo”, una de las mejores formas que encontré de amedrentar el desaucio del domingo.
Domingo 9 de agosto, 2009, 7:30 aprox.:
Y me dijiste: “Ahora tu domingo no va a ser tan infelíz”.
Tenías razón.
Aclaración previa: Tuve un gran fin de semana, gracias, que bueno, muchas gracias. (Pero igual, la cosa es así, el domingo siempre se empecina en sacar todo lo peor de todo. Por eso es un día de mierda. Por eso, para mí, es infelíz).
Como para destruir escribiendo, empiezo por el final. La conclusión es: los problemas existenciales de las personas que nos importan, que elegimos, que permanecen a nuestro lado; no son “tonteras”. Si son problemas que afectan al futuro, al proyecto futuro, son importantes. Punto.
Y si. Creo que ya teniendo la conclusión planteada, por lo menos hoy, esta noche, es al pedo detenerse en hipótesis, objetivos general y específicos, marcos teóricos de morondanga, desarrollos y demases.
Concluyamos y repitamos: los problemas existenciales de las personas que nos importan, que elegimos, que permanecen a nuestro lado; no son “tonteras”. Si son problemas que afectan al futuro, al proyecto futuro, son importantes. Punto.
Tuve un gran fin de semana, sí, gracias de nuevo. Hubo familia, varios mamíferos asados, empanadillas con dulce de batata original, románticas; empanadas, caramelos, besos, yogures, amores, sociedades de mascotas, no fútbol, ingredientes. Otro domingo más que, como la mayoría de los últimos empieza bien, y termina… mal. Gracias.
